DE VIOLACIONES Y DETECTIVES PRIVADOS

Hace dieciséis años, un hombre me violó. Yo era menor de edad y estaba en mi casa, con mi padre durmiendo en la habitación de al lado. No pude gritar porque me tapó la boca y se marchó antes de que pudiera reaccionar. Tampoco denuncié después porque estaba asustada, avergonzada y me sentía culpable. No sabía qué grado de responsabilidad tenía yo en todo aquello. Hoy sé que ninguno, que la culpa no fue mía, pero entonces, repito, era menor de edad y mucho más vulnerable que ahora. Aquella noche, mi padre y su amigo estaban viendo una película que yo adoraba: Drácula de Bram Stoker, de Francis Ford Coppola. No he podido volver a verla nunca más. Luego, mi padre le invitó a quedarse a dormir y el resto lo podéis imaginar.

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Después de aquel episodio negro, después de haber cerrado la puerta de mi casa tras escuchar “no hay nada como un cigarrito después de un polvo”, después de meterme en la bañera y frotarme el cuerpo con un estropajo, temblando, con ganas de vomitar y con miedo, hice vida normal. Mi vida siguió adelante con aparente normalidad.
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Si hubiera denunciado y algún familiar de aquel hombre hubiera contratado a un detective privado para que investigara mi vida después de aquello, no habría encontrado señales de que había sido violada. Ninguna. De hecho, mi familia solo se enteró cuando un día me lo encontré de frente en la calle y tuve una reacción de pánico. Iba paseando con mi tía y no me lo esperaba porque él vivía en otra ciudad, así que la sorpresa fue grande. Mi tía se dio cuenta y fue cuando al fin conté toda la historia. Habían pasado dos años.
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Después de aquello, mi vida se desarrolló con normalidad. Estudié una carrera, tuve una hija, viajé, salí de fiesta, fui al cine, hice las cosas que la gente hace en la vida. Y sin embargo, jamás olvidé a aquel hombre. Recuerdo su cara, su voz y su peso. Recuerdo la luz que había en la habitación, a qué olía, lo recuerdo todo. Me duele cada vez que lo recuerdo porque me hizo daño cuando no podía defenderme y porque si algo así me pasara hoy, mi reacción sería muy diferente. No he vuelto a ver aquella película ni la volveré a ver. Siempre seguiré mirando hacia atrás antes de abrir la puerta de casa y apretaré el paso cuando vaya sola por la noche, aunque en aquel caso el violador fuese un amigo de mi padre que estaba en mi casa invitado. El miedo vino para quedarse aunque con los años haya podido racionalizarlo y controlarlo un poquito.

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Si me pusieran un detective privado hoy, encontrarían a una mujer feliz y realizada. Y, sin embargo, no dejaría de ser real el terror y el dolor que me provocó un hombre sin escrúpulos que, sí, se merecería un castigo por lo que hizo, igual que se lo merece cualquier agresor.

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IRRATIONAL MAN. Fan art

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El sábado fui al cine a ver Irrational Man, la nueva película de Woody Allen, uno de mis directores de cabecera. Debo ser sincera y reconocer que no suelo ser muy objetiva a la hora de valorar su cine y que casi siempre hablo desde la pasión, pero también debo reconocer que esta película, que tantas críticas negativas está recibiendo por parte del público, me ha dejado tocada. La razón para vivir, las decisiones tomadas, lo moralmente correcto o lo moralmente incorrecto y la fantasía de mejorar el mundo de alguna forma, son constantes en el cine de Allen y es en torno a lo que gira Irrational Man.

Aquí, ese momento efímero en el que Abe Lucas, el personaje interpretado por Joaquin Phoenix, está en perfecta armonía con la vida y se funde con el mundo.