Huelga a la japonesa

Una de las cosas a las que te enfrentas cuando eres madre y no tienes ni pajolera idea de lo que haces (como es mi caso, que no sabía ni cómo cambiar un pañal), es a la superproducción de leche. La subida de la leche es una putada porque tus tetas se independizan de tu cuerpo y empiezan a hacer cosas que no puedes controlar como ponerse duras como piedras, crecer a lo loco y doler (tan solo los primeros días, luego todo va bien, no te asustes).

Sin embargo, para mí la verdadera lata es encontrarme con que tengo la capacidad de alimentar a toda la población de Coria del Río (mi pueblo natal, es el primero que se me ha venido a la cabeza) con tan solo un pecho (con el otro podemos hacer algo en La Puebla del Río, se me ocurre). Ellas van por libre, producen leche a mansalva, no vaya a ser que mi beba pase hambre. Pero claro, igual que cuando un vaso se llena hasta arriba, se acaba derramando, lo mismo pasa con mis tetas, que rebosan. Y así ando siempre, derramada perdida, con un manchurrón de leche desde la altura del pezón hasta el bajo del jersey (pasando por el disco de lactancia, el sujetador y la camiseta interior porque cuando mis tetas hacen huelga a la japonesa, la hacen pero mu requetebién) y empapada que con este frío ya me ha costado un buen catarro.

El sacaleches (os haré un post dedicado a este invento del cielo, que a mí me está salvando de mi paranoia de no desperdiciar leche, que parece que tenga el síndrome de la posguerra) está que echa humo de tanto trabajo que le doy y claro, pasa lo que pasa, que entre lo que chupa la niña y lo que chupa el trasto, mis tetas se vuelven locas venga a producir y el círculo vicioso parece lejos de acabar.

Poco me importa, la verdad, yo lo único que quiero es dejar de mojarme hasta que alguien invente la versión lactancia de la copa menstrual, una especie de bote que se ajuste a las tetas como el sujetador de Madonna y recoja todo lo que sale disparado. Que, por cierto, pegarle con el chorro de leche a la niña en to la cara es un clásico, pero es que en casa hemos alcanzado el nivel de pegarle un chorrazo al padre sin comerlo ni beberlo, que el pobre me tuvo que avisar de que iba hecha un aspersor por la casa (cuando das el pecho pasas mucho rato con las tetas al aire, no es que tenga yo el hábito de ir en pelotillas por la casa, son cosas de la maternidad).

Vale.

Huelga a la japonesa

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DE VIOLACIONES Y DETECTIVES PRIVADOS

Hace dieciséis años, un hombre me violó. Yo era menor de edad y estaba en mi casa, con mi padre durmiendo en la habitación de al lado. No pude gritar porque me tapó la boca y se marchó antes de que pudiera reaccionar. Tampoco denuncié después porque estaba asustada, avergonzada y me sentía culpable. No sabía qué grado de responsabilidad tenía yo en todo aquello. Hoy sé que ninguno, que la culpa no fue mía, pero entonces, repito, era menor de edad y mucho más vulnerable que ahora. Aquella noche, mi padre y su amigo estaban viendo una película que yo adoraba: Drácula de Bram Stoker, de Francis Ford Coppola. No he podido volver a verla nunca más. Luego, mi padre le invitó a quedarse a dormir y el resto lo podéis imaginar.

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Después de aquel episodio negro, después de haber cerrado la puerta de mi casa tras escuchar “no hay nada como un cigarrito después de un polvo”, después de meterme en la bañera y frotarme el cuerpo con un estropajo, temblando, con ganas de vomitar y con miedo, hice vida normal. Mi vida siguió adelante con aparente normalidad.
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Si hubiera denunciado y algún familiar de aquel hombre hubiera contratado a un detective privado para que investigara mi vida después de aquello, no habría encontrado señales de que había sido violada. Ninguna. De hecho, mi familia solo se enteró cuando un día me lo encontré de frente en la calle y tuve una reacción de pánico. Iba paseando con mi tía y no me lo esperaba porque él vivía en otra ciudad, así que la sorpresa fue grande. Mi tía se dio cuenta y fue cuando al fin conté toda la historia. Habían pasado dos años.
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Después de aquello, mi vida se desarrolló con normalidad. Estudié una carrera, tuve una hija, viajé, salí de fiesta, fui al cine, hice las cosas que la gente hace en la vida. Y sin embargo, jamás olvidé a aquel hombre. Recuerdo su cara, su voz y su peso. Recuerdo la luz que había en la habitación, a qué olía, lo recuerdo todo. Me duele cada vez que lo recuerdo porque me hizo daño cuando no podía defenderme y porque si algo así me pasara hoy, mi reacción sería muy diferente. No he vuelto a ver aquella película ni la volveré a ver. Siempre seguiré mirando hacia atrás antes de abrir la puerta de casa y apretaré el paso cuando vaya sola por la noche, aunque en aquel caso el violador fuese un amigo de mi padre que estaba en mi casa invitado. El miedo vino para quedarse aunque con los años haya podido racionalizarlo y controlarlo un poquito.

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Si me pusieran un detective privado hoy, encontrarían a una mujer feliz y realizada. Y, sin embargo, no dejaría de ser real el terror y el dolor que me provocó un hombre sin escrúpulos que, sí, se merecería un castigo por lo que hizo, igual que se lo merece cualquier agresor.

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