DO DE PECHO. EN EL PARQUE

Que si por qué no le das el pecho, que si está todo el día enganchada, que si usa tu teta de chupete, que si se va a poner muy gorda, que si no se sacia, que si tienes poca leche, que si tu leche no alimenta, que si mejor le das un apoyo, que si le das biberón es que mucho no le querrás, que hasta cuándo le vas a dar el pecho…
Por favor, déjennos en paz.

Do de pecho 2

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Huelga a la japonesa

Una de las cosas a las que te enfrentas cuando eres madre y no tienes ni pajolera idea de lo que haces (como es mi caso, que no sabía ni cómo cambiar un pañal), es a la superproducción de leche. La subida de la leche es una putada porque tus tetas se independizan de tu cuerpo y empiezan a hacer cosas que no puedes controlar como ponerse duras como piedras, crecer a lo loco y doler (tan solo los primeros días, luego todo va bien, no te asustes).

Sin embargo, para mí la verdadera lata es encontrarme con que tengo la capacidad de alimentar a toda la población de Coria del Río (mi pueblo natal, es el primero que se me ha venido a la cabeza) con tan solo un pecho (con el otro podemos hacer algo en La Puebla del Río, se me ocurre). Ellas van por libre, producen leche a mansalva, no vaya a ser que mi beba pase hambre. Pero claro, igual que cuando un vaso se llena hasta arriba, se acaba derramando, lo mismo pasa con mis tetas, que rebosan. Y así ando siempre, derramada perdida, con un manchurrón de leche desde la altura del pezón hasta el bajo del jersey (pasando por el disco de lactancia, el sujetador y la camiseta interior porque cuando mis tetas hacen huelga a la japonesa, la hacen pero mu requetebién) y empapada que con este frío ya me ha costado un buen catarro.

El sacaleches (os haré un post dedicado a este invento del cielo, que a mí me está salvando de mi paranoia de no desperdiciar leche, que parece que tenga el síndrome de la posguerra) está que echa humo de tanto trabajo que le doy y claro, pasa lo que pasa, que entre lo que chupa la niña y lo que chupa el trasto, mis tetas se vuelven locas venga a producir y el círculo vicioso parece lejos de acabar.

Poco me importa, la verdad, yo lo único que quiero es dejar de mojarme hasta que alguien invente la versión lactancia de la copa menstrual, una especie de bote que se ajuste a las tetas como el sujetador de Madonna y recoja todo lo que sale disparado. Que, por cierto, pegarle con el chorro de leche a la niña en to la cara es un clásico, pero es que en casa hemos alcanzado el nivel de pegarle un chorrazo al padre sin comerlo ni beberlo, que el pobre me tuvo que avisar de que iba hecha un aspersor por la casa (cuando das el pecho pasas mucho rato con las tetas al aire, no es que tenga yo el hábito de ir en pelotillas por la casa, son cosas de la maternidad).

Vale.

Huelga a la japonesa